domingo, marzo 16, 2008

Mirar para atrás...

Hace mucho tiempo vivía en Tracia un cantor llamado Orfeo. Su canto era tan hermoso que los animales acudían a oírlo. Se dice que también era capaz de acallar una tempestad y apaciguar las olas con sus melodías.

Los dioses le obsequiaron una lira. Orfeo vivía feliz en compañía de su esposa Eurídice.

Un día, Eurídice fue mordida por una serpiente y murió. Orfeo la amaba tanto que decidió bajar a los infiernos y suplicarle a Hades que le devolviera a su esposa.

Al fondo de un precipicio, encontró en una sala a su esposa en compañía de Hades. El dios estaba enfurecido con el intruso que estaba allí sin haber sido llamado por la muerte. Orfeo tomó su lira y expresó su dolor con acordes tan conmovedores que ablandaron el corazón de Hades. Le prometió que dejaría libre a su amada con una condición: Orfeo no debía volver su mirada atrás hasta abandonar los infiernos. Si por temor o amor miraba hacia atrás, la perdería para siempre.

Orfeo, loco de alegría comenzó a caminar. Caminaba y podía oír el rumor de los pasos de su esposa detrás. De repente, pudo ver el sol, faltaba poco. Trató de escuchar pero no se oía nada. Se asustó y angustió. Miró para atrás intuyendo lo peor, pero Eurídice estaba detrás suyo. La tenía del brazo hermes, el guía de las almas. Desapareció junto a la bella mujer para siempre...

Todos los días, muchos hombres y mujeres que tienen el talento de Orfeo, buscan a su Eurídice en alguna parte. Ella puede ser algo bueno o hermoso que ya no está. El pasado. También como este Orfeo, bajamos al infierno a buscar lo que perdimos. Y cuando miramos para atrás, la pérdida es aún más

Grande.

Enviado por SILVANA

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lunes, marzo 10, 2008

Cuatro Secretos Para Ser Feliz

Lo que más deseamos en la vida es la felicidad.

Pero en ocasiones saboteamos nuestros esfuerzos para alcanzarla.

La felicidad no es un destino a donde se llega, sino es la manera de caminar por la vida. Sin embargo, de manera extraña, en el trayecto podemos tropezar con dos problemas graves: algunos seres humanos tienen miedo de ser felices y muy pocos saben exactamente qué desean.

Si quieres vencer estos dos obstáculos y pertenecer al selecto grupo de gente feliz, te sugerimos seguir cuatro pasos para lograrlo.

1- Desmantela tu armadura

Con frecuencia tememos ser felices y saboteamos nuestras ilusiones porque pensamos que no merecemos la felicidad y nos da miedo tratar de alcanzarla.

La forma más sencilla y frecuente de protegernos y mantenernos a salvo es construir una armadura de acero en la que encerramos nuestros sueños y deseos para que nadie pueda alcanzarlos ni destruirlos. Y, por supuesto, el resultado es que jamás damos un solo paso para hacerlos realidad.

Acepta que al reprimir tus sueños no los proteges, sino que impides que se realicen. Haz esfuerzos verdaderos para convertirlos en realidad. Esta decisión te puede llevar a correr algunas desilusiones y desengaños; pero también te llevará a éxitos que de otra manera no lograrías jamás.

2-Conéctate con los deseos de tu corazón

Haz un”cita” contigo mismo para explorar cuáles son los sueños y los deseos que duermen en el fondo de tu corazón.

Considérala y trátala como la cita más importante de tu vida. Si lo consideras necesario, asiste a ella con libreta y pluma en mano.

Anota cuanta idea se te ocurra sobre lo que deseas, aunque te parezca absurda. Cuando no tenemos idea de cuáles son nuestras metas en la vida ni sabemos cómo alcanzarlas, es una buena idea ayudar al cerebro a realizar esta exploración. Lo importante es que logres conectarte con lo que tu corazón anhela realmente y que llegues a vislumbrar los diferentes caminos por medio de los cuales podrías alcanzarlo. De este modo, te será más fácil empezar a dar los pasos necesarios para convertir ese sueño en realidad.

Los esfuerzos que hagas llenarán de interés tu vida y te harán probar las primeras mieles de la felicidad.

3-Reconoce tu propio poder

Todos somos mental y físicamente capaces de hacer lo que nos proponemos; los límites los ponen nuestro miedo y nuestra imaginación. Y todos merecemos el éxito, como merecemos el amor y la felicidad. Desafortunadamente, para muchos es más fácil decir ´no puedo´; y todos solemos creer en nuestras propias palabras.

Así que para conquistar la felicidad, empieza a practicar una actitud positiva, a fomentar la confianza en ti mismo y a decir ´sí puedo´, a todos los retos que te vaya planteando la vida. Muy pronto descubrirás que puede hacer cosas de las que antes te sentías incapaz.

4-No tomes precauciones como pretextos

Algunos temores son buenos. Ser precavido y cauteloso es una virtud cuando se conduce un automóvil, se tienen hijos pequeños y se desea evitar cualquier tipo de accidente. Pero cuando el miedo te impide lanzarte en busca de tus sueños, ha llegado el momento de deshacerse de él.

En las decisiones importantes de la vida los temores y pretextos deben dejarse a un lado y debe imponerse el valor para correr ciertos riesgos, porque se necesita determinación para perseguir y alcanzar los grandes sueños.

Para ser feliz hace falta honradez para seguir el camino correcto en su consecución y para no estropearla con la mentira o el egoísmo. Pero, ¿cómo sé en cada momento que estoy siendo honrado con las personas que realmente me importan? El problema que se nos plantea es el de reconocer el tipo de amor apropiado -cuál es la manera correcta de amar-, y distinguirla de un amor equivocado -que pueda terminar destruyendo aquello que uno ama.

Denis Derivet

Enviado por Silvana

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jueves, marzo 06, 2008

¿A ti quién te condena?

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¿A ti quién te condena?

Dos hombres fueron condenados.

La sentencia consistía en que en un día determinado, en veinte años, serían

torturados lentamente hasta la muerte.

Al escuchar la sentencia, el más joven se retorció de la pena y del dolor, y a partir de ese día, cayó en una profunda depresión.

"¿Para qué vivir?" se preguntaba, "si de todas maneras van a arrebatarme la vida, y de una manera inconcebiblemente terrible!"

Desde ese día nunca fué el mismo. Cuando alguno de sus cercanos, compadecido por su estado, le ofrecía apoyo para tratar de alegrarlo, respondía rencorosamente diciendo:

- Claro, como tú no tienes que cargar mis penas, todo te parece fácil.

En otras ocasiones también replicaba:

- Tú no sabes lo que sufro, no es posible que me entiendas...

Y, a veces, alegaba en voz alta:

- ¿Para qué me esfuerzo? Si de todas formas...

Y así, poco a poco, el hombre se fué encerrando en su amarga soledad y murió mucho antes de que se cumpliera el plazo de los veinte años.

El otro hombre, al escuchar la sentencia, se asustó y se impresionó, sin embargo a los pocos días resolvió que, como sus días estaban contados, los disfrutaría.

Con frecuencia afirmaba:

- No voy a anticipar el dolor y el miedo empezando a sufrir desde ahora.

Otras veces decía:

- Voy a agradecer con intensidad cada día que me quede.

Y, decidió disfrutar de la gente que lo rodeaba, a su compañero de sentencia solo lo respeto en su vision de vida y se alejo de el, para tener la oportunidad de sembrar en los otros lo mejor de sí.

Cuando alguien le mencionaba su condena, respondía en broma:

- Ellos me condenaron, yo no me voy a condenar sufriendo anticipadamente y, por ahora, estoy vivo.

Fué así que, paulatinamente, se convirtió en un hombre sabio y sencillo, conocido por su alegría y su espíritu de servicio.

Tanto, que mucho antes de los veinte años, le fué perdonada su condena.

Amigo mío, el 99% de tus miedos no se realizarán.

Cree en tu fuerza, disfruta la libertad de ser feliz.

La verdadera libertad no está en lo que haces, si no en la forma como eliges vivir lo que haces, y sólo a ti te pertenece tal facultad.

Enviado por Graciela E. Prepelitchi

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domingo, marzo 02, 2008

LA GRAN RUEDA

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LA GRAN RUEDA

En septiembre de 1960 desperté una mañana con 6 bebés hambrientos y sólo 0.75 centavos en mi bolso. Mi esposo se había ido. Los niños tenían de tres meses a 7 años. Su hermanita tenía dos años. Su papá siempre había sido una presencia que ellos temían. Cuando ellos oían rechinar las llantas cerca del camino a casa corrían a esconderse debajo de sus camas. Lo que sí hacia era dejarme 15 dólares por semana para comprar alimentos.

Ahora que había decidido marcharse ya no habría golpes pero comida tampoco. Bañé a mis hijos les puse la mejor ropa que tenían los subí al viejo y oxidado chevy año 51 y me fui en busca de un empleo. Los 7 fuimos a todas las fábricas, tiendas y restaurantes que había en nuestro pequeño pueblo, pero no tuvimos suerte. Los niños intentaban mantenerse callados dentro del auto mientras que yo intentaba convencer a quien fuera que me pusiera atención que yo estaba dispuesta a aprender o hacer lo que fuera.

Yo necesitaba un empleo. Aún así no hubo suerte. El último lugar al que fuimos a unas cuantas millas del pueblo fue un restaurante llamado La Gran Rueda. Un señora madura llamada Granny era la dueña, se asomó por la ventana y vio todos esos niños en el auto. Ella necesitaba a alguien que trabajara desde las 11 de la noche hasta las 7 de la mañana. Ella pagaba 0.65 centavos la hora y yo podría empezar esa noche. Me fui apresurada a casa y llamé a la niñera convenciéndola de ir a dormir a mi casa por 1 dólar la noche. Esto le pareció un buen trato y aceptó.

Esa noche cuando los pequeños y yo nos arrodillamos para rezar nuestras oraciones, todos le dimos gracias a Dios por haberle conseguido trabajo a la mamá y así empezó mi trabajo en La Gran Rueda. Cuando regresé a casa en la mañana, desperté a la niñera y la envié a su casa con su dólar que era la mitad de mis propinas de toda la noche. Al pasar de las semanas, las cuentas de calefacción aumentaban, las llantas del viejo chevy cada vez más mostraban el trabajo del tiempo tomando la apariencia de ser globos mal inflados. Yo debía llenar de aire las llantas antes de ir al trabajo y al regresar a casa.

Una triste mañana al arrastrarme cansada hacia mi carro en el estacionamiento encontré en mi carro cuatro llantas nuevas esperándome ahí. ¿Habrían venido los Ángeles del cielo a vivir a Indiana? Tuve que hacer un trato con el mecánico del pueblo para que le pusiera las llantas a mi viejo carro. Recuerdo que tardé mucho más en limpiar sus sucias oficinas que lo que él tardó en ponerle las llantas al viejo chevy. Estaba ya trabajando seis noches por semana en lugar de 5 y aún así no era suficiente. Se acercaba la navidad y yo sabía que no habría dinero para comprar juguetes para los niños.

Encontré un bote de pintura roja y empecé a pintar algunos viejos juguetes y los escondí en el sótano para que hubiera juguetes en la mañana de navidad. La ropa de los niños también estaba muy acabada. Los pantalones de los niños tenían parches encima de los parches y ya pronto no servirían para nada. La noche antes de navidad entraron los clientes de siempre al restaurante a tomar su café. Ellos eran conductores y policías de camino. Había algunos jugando en las maquinitas.

Los de siempre estaban ahí sentados platicando hasta la madrugada. Cuando se llegó la hora de ir a casa a las 7 de la mañana yo corrí al auto para tratar de llegar antes de que se despertaran los niños y ponerles los juguetes que había arreglado abajo de un árbol que habíamos improvisado. Aún estaba oscuro y no se veía mucho, pero noté que había una sombra en la parte de atrás del auto. Algo era seguro, ahí había algo. Cuando llegué al auto me asomé por la ventana lateral. Mi boca se abrió con gran asombro. Mi viejo chevy estaba lleno de cajas hasta arriba. Rápidamente abrí la puerta y abrí una de las cajas. Adentro había pantalones de la talla 2 a la talla 10. En la otra había camisas para los pantalones. También había dulces, frutas, gelatinas, pasteles y galletas. Había artículos para el aseo y limpieza de mi casa. Había 5 carritos y una hermosa muñeca.

Mientras manejaba por las calles vacías hacia mi casa, vi salir el sol del día de navidad más inolvidable e increíble de mi vida. Lloraba de incredulidad y gratitud. Nunca olvidaré la alegría en las caritas de mis pequeños en esa mañana. Sí, si, hubo Ángeles en aquella mañana en Indiana hace muchos diciembres. Y todos ellos eran clientes de La Gran Rueda.

Enviado por Graciela E. Prepelitchi

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