lunes, noviembre 27, 2006

Multiplicar la esperanza

Había dos hombres muy enfermos, ocupando la misma habitación en un hospital.

A uno se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una hora, para ayudarle a drenar el líquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la habitación.

El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos charlaban durante horas. Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares, sus trabajos, su estancia en el servicio militar, donde habían estado de vacaciones...

Cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse, pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde la ventana. El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas, en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y colores del mundo exterior.

La ventana daba a un parque con un precioso lago, patos y cisnes jugaban en él. Tan pronto como lo consideró apropiado, despues del fallecimiento de su compañero de habitación, que tantos bellos relatos del mundo le hacía cada tarde, el otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de la habitación.

Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo él mismo. Se esforzó para girarse y mirar por la ventana al lado de la cama...y se encontró con una pared blanca.

El hombre preguntó a la enfermera que podría haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a través de la ventana. La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no habría podido ver ni la pared: "Quizás sólo quería animarle a usted".

El dolor compartido es la mitad de una pena, pero la felicidad, cuando se comparte, se multiplica.





Con todo cariño:

SILVANA

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viernes, noviembre 24, 2006

El corazón de un niño

Mañana en la mañana abriré tu corazón le explicaba el cirujano a un niño. Y el niño interrumpió:

-¿Usted encontrará a Jesús allí?

El cirujano se quedó mirándolo, y continuó:

-Cortaré una pared de tu corazón para ver el daño completo.

-Pero cuando abra mi corazón, ¿encontrará a Jesús ahí?, volvió a Interrumpir el niño.

El cirujano se volvió hacia los padres, quienes estaban sentados tranquilamente.

-Cuando haya visto todo el daño allí, planearemos lo que sigue, ya con tu corazón abierto.

-Pero, ¿usted encontrará a Jesús en mi corazón?

La Biblia bien claro dice que Él vive allí. Las alabanzas todas dicen que Él vive allí....
¡Entonces usted lo encontrará en mi corazón!

El cirujano pensó que era suficiente y le explicó:

-Te diré que encontraré en tu corazón. Encontraré músculo dañado, baja respuesta de glóbulos rojos, y debilidad en las paredes y vasos. Y aparte me daré cuenta si te podamos ayudar o no.

- ¿Pero encontrará a Jesús allí también? Es su hogar, Él vive allí, siempre está conmigo.

El cirujano no toleró más los insistentes comentarios y se fue. Enseguida se sentó en su oficina y procedió a grabar sus estudios previos a la cirugía: - aorta dañada, vena pulmonar deteriorada, degeneración muscular cardiaca masiva. Sin posibilidades de trasplante, difícilmente curable.

- Terapia: analgésicos y reposo absoluto. - Pronóstico: tomó una pausa y en tono triste dijo: - muerte dentro del primer año. Entonces detuvo la grabadora

-Pero, tengo algo más que decir: - ¿Por qué? pregunto en voz alta -¿Por qué hiciste esto a él? Tú lo pusiste aquí, tú lo pusiste en este dolor y lo has sentenciado a una muerte temprana. ¿Por qué?

De pronto, Dios, nuestro Señor le contestó:

-El niño, mi oveja, ya no pertenecerá a tu rebaño porque él es parte del mío y conmigo estará toda la eternidad. Aquí en el cielo, en mi rebaño sagrado, ya no tendrá ningún dolor, será confortado de una manera inimaginable para ti o para cualquiera. Sus padres un día se unirán con él, conocerán la paz y la armonía juntos, en mi reino y mi rebaño sagrado continuará creciendo.

El cirujano empezó a llorar terriblemente, pero sintió aun más rencor, no entendía las razones.

Y replicó: - Tú creaste a este muchacho, y también su corazón ¿Para qué? ¿Para que muera dentro de unos meses?

El Señor le respondió:

-Porque es tiempo de que regrese a su rebaño, su tarea en la tierra ya la cumplió. Hace unos años envié una oveja mía con dones de doctor para que ayudara a sus hermanos, pero con tanta ciencia se olvidó de su Creador. Así que envié a mi otra oveja, el niño enfermo, no para perderlo sino para que regresara a mí aquella oveja perdida hace tanto tiempo.

El cirujano lloró y lloró inconsolablemente. Días después, luego de practicar la cirugía, el doctor se sentó a un lado de la cama del niño; mientras que sus padres lo hicieron frente al médico.

El niño despertó y murmurando rápidamente preguntó:

-¿Abrió mi corazón?

-Si - dijo el cirujano-

-¿Qué encontró? - preguntó el niño –

-Tenías razón, encontré allí a Jesús

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lunes, noviembre 13, 2006

La historia de Kyle...

Un día, cuando era estudiante de secundaria, vi a un compañero de mí clase caminando de regreso a su casa.

Se llamaba Kyle. Iba cargando todos sus libros y pensé: "¿Por que se estará llevando a su casa todos los libros el viernes? ¡Debe ser un "nerd! "

Yo ya tenia planes para todo el fin de semana: fiestas y un partido de fútbol con mis amigos el sábado por la tarde, así que me encogí de hombros y seguí mi camino.

Mientras caminaba, vi a un montón de chicos corriendo hacia él, cuando lo alcanzaron, le tiraron todos sus libros y le hicieron una zancadilla que lo tiró al suelo.

Ví que sus anteojos volaron y cayeron en el pasto como a tres metros de él.

Miró hacia arriba y pude ver una tremenda tristeza en sus ojos.

Mi corazón se estremeció, así que corrí hacia él mientras gateaba buscando sus anteojos.

Ví lágrimas en sus ojos. Le acerque a sus manos sus anteojos y le dije,

"¡esos chicos son unos tarados, no deberían hacer esto!".

Me miro y me dijo: "¡Hola, gracias!"

Había una gran sonrisa en su cara; una de esas sonrisas que mostraban verdadera gratitud.

Lo ayude con sus libros. Vivía cerca de mi casa.

Le pregunté por que no lo había visto antes y me contó que se acababa de cambiar de una escuela privada.

Yo nunca había conocido a alguien que fuera a una escuela privada.

Caminamos hasta casa. Lo ayudé con sus libros; parecía un buen chico.

Le pregunté si quería jugar al fútbol el sábado, conmigo y mis amigos, y acepto.

Estuvimos juntos todo el fin de semana. Mientras más conocía a Kyle, mejor nos caía, tanto a mí como a mis amigos.

Llegó el lunes por la mañana y ahí estaba Kyle con aquella enorme pila de libros de nuevo.

Me pare y le dije: "Hola, vas a sacar buenos músculos si cargas todos esos libros todos los días".

Se rió y me dio la mitad para que le ayudara.

Durante los siguientes cuatro años, Kyle y yo nos convertimos en los mejores amigos.

Cuando ya estabamos por terminar la secundaria, Kyle decidió ir a la Universidad de Georgetown y yo iría a la de Duke.

Sabía que siempre seríamos amigos, que la distancia no sería un problema.

Él estudiaría medicina y yo administración, con una beca de fútbol.

Kyle fue el orador de nuestra generación. Yo lo cargaba todo el tiempo diciendo que era un "nerd".

Llegó el gran día de la Graduación. Él preparó el discurso.

Yo estaba feliz de no ser el que tenía que hablar. Kyle se veía realmente bien.

Era uno de esas personas que realmente se había encontrado a sí mismo durante la secundaria, había mejorado en todos los aspectos y se veía bien con sus anteojos.

¡Tenia mas citas con chicas que yo, y todas lo adoraban! ¡Caramba! Algunas veces hasta me sentía celoso... Hoy era uno de esos días.

Pude ver que él estaba nervioso por el discurso, así que, le di una palmadita en la espalda y le dije:

"Vas a ver que estarás genial, amigo". Me miro con una de esas miradas (realmente de agradecimiento) y me sonrió.

"Gracias" me dijo.

Limpio su garganta y comenzó su discurso:

"La Graduación es un buen momento para dar gracias a todos aquellos que nos han ayudado a través de estos años difíciles: tus padres, tus maestros, tus hermanos, quizá algún entrenador... pero principalmente a tus amigos. Yo estoy aquí para decirles a ustedes, que ser amigo de alguien es el mejor regalo que podemos dar y recibir, y a propósito, les voy a contar una historia.

Yo miraba a mi amigo incrédulo, cuando comenzó a contar la historia del primer día que nos conocimos.

Aquel fin de semana él tenía planeado suicidarse.

Hablo de como limpió su armario y por que llevaba todos sus libros con él, para que su mamá no tuviera que ir después a recogerlos a la escuela.

Me miraba fijamente y me sonreía.

"Afortunadamente fui salvado. Mi amigo me salvó de hacer algo irremediable".

Yo escuchaba con asombro como este apuesto y popular chico contaba a todos ese momento de debilidad.

Sus padres también me miraban y me sonreían con esa misma sonrisa de gratitud.

Recién en ese momento me di cuenta de lo profundo de sus palabras:

"Nunca subestimes el poder de tus acciones: con un pequeño gesto, puedes cambiar la vida de otra persona, para bien o para mal.

Dios nos pone a cada uno frente a la vida de otros, para impactarlos de alguna manera.

"Mira a Dios en los demás".

 

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sábado, noviembre 11, 2006

¿Qué cuántos años tengo?

¿Qué cuántos años tengo?, ¡que importa eso!. Tengo la edad que quiero y siento...

La edad en que puedo: gritar sin miedo lo que pienso... Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido... Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos...

¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello... Pues unos dicen que ya soy vieja y otros que estoy en el apegeo... Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte...

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos...

Ahora no tienen porque decir: Eres muy joven no lo lograrás...Eres muy vieja, ya no podrás...

Tengo la edad en que: las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo...

Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones, se convierten en esperanza...

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada... Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa...

¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar... Pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, lás lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas... Valen mucho más que eso... ¡Qué importa si cumplo veinte o cuarenta!... Pues lo que importa: es la edad que siento... Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos... Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos...

¿Qué cuantos años tengo?...

¡Eso a quién le importa!...

Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento...


Enviado por Asun

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martes, noviembre 07, 2006

El secreto de la montaña

Era una vez un granjero sabio y bueno que gustaba de cuidar a las aves, subir a la montaña y contemplar el vuelo de las águilas.

Un día, al bajar de la montaña, llegó a unas gigantescas rocas. De pronto, a un lado del camino, encontró el huevo de un águila. Lo levantó con cuidado y sintió que el cascarón estaba por romperse.

Buscó durante horas a la madre águila o al nido, hasta que llegó la noche, sin encontrar dónde dejar el huevo.

No podía abandonarlo, pues existía el riesgo de que se lo comieran los otros animales, él amaba a las águilas; al pensar en ese ser que se formaba dentro del huevo, recordó con amor que su hijo pequeño deseaba acariciar y conocer a un aguilucho. Casi corriendo, llevó el huevo al corral de su granja, para pedir a las aves que salvaran a ese ser que estaba por nacer.

Despertó a las aves del corral y al ver el huevo se alborotaron. Unas lo recibieron con alegría y otras, como eran envidiosas, se pelearon por ser ellas las que lo empollaran.

Después de mucho luchar, apareció un ave jefe que detuvo la pelea y se apoderó del huevo. Lo llevó a un espacio especial, se sentó arriba y dándole calor logró salvarlo.

Una mañana, al salir el sol, nació un lindo aguilucho con todas las facultades para volar alto, dominar las alturas, los vientos y las tormentas.

Sorprendidas, las aves veían que el aguilucho era diferente, tenía las alas bañadas de luz, algunas consideraron que estaba deforme, otras que alguien se las había pintado y pocas pensaron que era un don o una cualidad que lo hacía especial, misterioso y hasta mágico.

Y el aguilucho con alas de luz empezó a crecer. De algunas aves recibía cariño, pero otras no lo querían; se dispersaban, se burlaban y lo perseguían.

Al pasar el tiempo y sin desearlo, se volvió igual a las demás aves; comía, pensaba, hacía lo mismo y se dormía a la misma hora; se convirtió en una ave de corral.

Al aguilucho le parecía aburrido estar sin hacer nada. Salía a jugar y saltar muy contento, tenía mucha fuerza y energía, pero sin él desearlo, esto molestaba a las otras aves, que no entendían su alegría y actividad.

Cuando el granjero vio al aguilucho correr y brincar, invitó a su hijo para que jugaran juntos; y compartieran esos momentos de alegría.

El niño iba todos los días al corral y jugaba con el aguilucho. Un día, lo vio subir al techo del corral, y se dio cuenta de que lloraba, entonces supo que el aguilucho sufría mucho.

Una tarde cuando el niño se dirigía a jugar, preguntó a su papá:

-¿Por qué llora el aguilucho todas las noches?

-Porqué él es diferente –contestó el granjero- no nació para ser ave de corral, no quiere ser como ellas ¡y no debe ser como ellas!, él es un ser que tiene algo importante qué hacer, fue escogido para dar amor al mundo.

-¿Y por qué no vuela y se va? –preguntó el niño.

-Es que está confundido porque nació entre seres que sólo pierden el tiempo, haciendo cosas sin importancia. Aún no comprende que no es igual a ellos, que él es un águila y que nació para volar, volar muy alto y amar.

-¡Ayúdalo papá! –dijo el niño.

-¿No importa que se vaya? –preguntó el granjero.

-¡No!, no importa, lo quiero mucho, pero él tiene que aprender a vivir y a usar sus alas de luz.

-Lo ayudaremos –contestó el granjero-; ahora, ¡vete a jugar!

Un día cuando jugaban, el niño preguntó al aguilucho:

-¿Por qué no vuelas?

Y el aguilucho contestó:

-No vuelo porque está prohibido, sólo uso mis alas a escondidas, vuelo a lo alto del corral en donde duermen las aves jefes, pero cuando se dan cuenta, me atacan y tengo que regresar a dormir en el suelo.

Siguieron jugando, fue cuando el aguilucho le dijo casi al oído:

-No deben saberlo, pero también vuelo hasta el techo del corral en las noches tranquilas, para contemplar y gozar las estrellas y la luna.

Empezó a llover. El niño corrió para su casa y el aguilucho se refugió en el corral.

Después de la gran tormenta, vino la calma y voló al techo. Había una luna grandiosa, que bañaba el cuerpo y la cara del aguilucho, y sus alas de luz brillaban como nunca.

Abrió sus enormes alas y para su sorpresa vio su figura reflejada en un charco de agua. Se contempló a sí mismo. Por primera vez se conoció, se dio cuenta de que era diferente.

Moviendo y abriendo sus grandes alas se preguntó:

«¿Para qué tengo estas alas tan grandes y tan pesadas? ¿Para qué necesito estas garras y este pico?»

En su mente confundida pensaba que era una ave deforme y que le deberían cortar esas enormes alas, porque en ese corral sólo le estorbaban, además no le permitían usarlas.

Esa noche comprendió que no era igual a las otras aves del corral. Él quería pensar, jugar, soñar en ser grande, vivir alegre y volar hasta el otro lado de la montaña,

Comenzó a no estar de acuerdo con los juegos aburridos y la manera de vivir de las otras aves. Y comenzaron los pleitos, las aves de corral no aceptaban que fuera diferente, y las aves jefes enviaban a sus servidores a que le quitaran las plumas y no pudiera volar.

El aguilucho sufría mucho. Al principio lo tomó como un juego, pero cuando lo golpearon y le quitaron algunas plumas atacándolo tan fuerte hasta herirlo se asustó; se defendió y como era más fuerte les quitó muchas plumas.

Al llevar la comida el granjero vio plumas en diferentes lugares del corral. Descubrió al aguilucho escondido, lleno de miedo y herido.

Lo tomó con cariño entre sus manos, y recargándolo en su pecho se lo llevó a su casa para ayudarlo y curarlo.

El niño, al ver a su amigo herido, lloró de tristeza y lo cuidó con mucho amor.

El aguilucho tardó en recuperarse, sobre todo para que le volvieran a salir las plumas en sus bellas alas de luz.

Cuanto estuvo listo, con una mirada de solicitud preguntó al granjero:

-Dime, ¿quién soy?, y ¿por qué nací en este corral?

El granjero lo miró a los ojos, lo tomó ente sus manos y lo invitó a encontrar por sí mismo las respuestas a estas preguntas. Después lo arrojó lentamente al aire diciéndole:

-¡Águila, vuela! ¡Vuela, águila!

El aguilucho, que había volado muy poco, aún tenía tiesas y torpes sus alas, intentó volar pero cayó al suelo pesadamente.

Después de recuperarse del golpe, preguntó al granjero:

-¿Qué intentas, hermano granjero? ¿Qué es lo que intentas?

El granjero, con amor, le dijo:

-Intento decirte que ¡tú eres un águila! Naciste con cualidades únicas que hacen que seas valiosa, y además ¡el Creador te dio una misión importante que hacer! Mientras vivas.

-¿Un águila? –preguntó sorprendido el aguilucho.

-¡Sí! –contestó el granjero-, naciste con facultades que permiten que vueles hasta las grandes montañas. ¡Tu corazón está lleno de amor y de voluntad! El ambiente en el que naciste no es donde nacen las águilas. ¡Tú no eres una ave de corral!

Y con entusiasmo y amor, el granjero terminó diciéndole:

-¡Despierta a un mundo que espera mucho de un ser como tú, que seas feliz y te comprometas! Y recuerda, ¡tú naciste para ser libre y volar alto!, la montaña tiene un secreto ¡descúbrelo!

El aguilucho escuchó sorprendido las palabras sabias del granjero, era algo que no se imaginaba. Sentía que le decía algo que no le gustaba y que no entendía; ¿por qué afirmaba que el corral no era su lugar? ¿dónde estaba entonces su casa?, y ¿quiénes eran sus padres? ¿Por qué le decía el granjero que él era distinto?, aún no entendía, estaba confundido.

Pero cuando escuchó la campana que anunciaba la hora de comer, corrió como siempre al corral a buscar su comida. El granjero lo dejó entrar a comer, seguro de que ya había entendido cuál era la razón de que volara hacia la montaña.

Esa noche, el aguilucho subió al techo del corral. Cerró sus ojos y se vio volando, encima de las montañas, fue como si se encontrara dentro de un gran sueño.

Gozaba de las alturas, el viento y sus alas se deslizaban ligeras. Sintió la brisa que bañaba su cuerpo. Así, con gran emoción y alegría logró pararse en la cima de una gran montaña. Ahí encontró a un águila sabia; el aguilucho le preguntó:

-¿Cuál es el secreto de la montaña?

El águila sabia le contestó con otra pregunta:

-¿Ves esa otra montaña que está a lo lejos, más alta que esta donde estamos?

-¡Sí! –contestó el aguilucho-, ¡sí la veo!

¡Pues ese es el secreto!

-El secreto es que solamente volando alto conoces más el mundo en que vives y descubres que siempre hay nuevas montañas por conquistar.

Al despertar de ese sueño comprendió por fin que su lugar no era en el corral sino en las montañas, que eso era lo que le decía el granjero, no se pudo contener y lloró, lloró mucho.

En la madrugada se preguntaba:

«¿Qué tengo que hacer? ¿cómo volar, si no sé hacerlo?»

Escuchó su voz interior que le dijo:

«Todavía puedes superarlo, hay muchos que pierden su libertad, no piensan ni estudian y se dejan llevar por los demás; se vuelven flojos, peleoneros, egoístas, viven aburridos y enojados. ¡Tú no puedes quedarte aquí! Estarías en contra de ti mismo. ¡Sal de este corral! Usa tu valor y tus alas y vuela alto».

Al escuchar eso, el aguilucho adquirió valor y desde lo alto del techo del corral, abrió sus alas bañadas de luz e intentó volar; por instinto empezó a descender moviendo rápidamente sus alas, se mantuvo un momento en el aire pero no lo logró porque la primera corriente fuerte lo arrojó hasta el suelo.

Al reponerse del golpe lo volvió a intentar varias veces. Cuando salió el sol, el aguilucho se veía cansado, pero seguía en su intento de volar.

Cuando estaba a punto de darse por vencido por el cansancio y los golpes, escuchó otra vez a su voz interior que con firmeza le dijo:

«¡Águila, inténtalo! Tú puedes llegar a la cima de la montaña».

Al ver que el aguilucho no respondía, su voz interior le preguntó:

«¿Tus alas te pesan, verdad?

El aguilucho contestó:

-Mucho, están tiesas, pesadas y no sostienen mi cuerpo.

Su voz interior le contestó:

«¿Sabes por qué no tienen fuerza para volar?»

-¡No!, no lo sé –contestó el aguilucho.

Su voz interior le respondió:

«Porque en tu corazón no has colocado la esperanza, el valor y la confianza en ti; llénate de amor, abre tu corazón. ¡No olvides que tienes las alas de luz! ¡Águila, inténtalo otra vez! Por favor inténtalo, no debes quedarte aquí».

El aguilucho decidió intentarlo otra vez, estaba ilusionado, quería volar hacia la montaña más alta. Antes de hacerlo recordó las palabras del granjero que le había dicho que tenía el don de ayudar y dar amor, y para eso el Creador le había entregado sus alas de luz.

Por un momento reprimió su deseo de volar, al ver que el granjero y su hijo volvían. El niño lo quería como a un hermano. También lo admiraba porque había recibido de él mucho amor. El niño cargó al aguilucho cariñosamente y salieron del corral camino a la montaña.

Con brillo en sus ojos el aguilucho agradecía las caricias y el calor del corazón de sus amigos. Confiaba en que ellos le ayudarían a volar.

El niño preguntó:

-¿Papá, tú crees que ya esté listo para volar solo?

-¡Sí! –contestó el granjero-. Estoy seguro de que aceptó que es un águila, comprendió que tiene las cualidades que Dios le dio para volar alto y dar amor a todos los seres.

Y el niño volvió a preguntar:

-¿Y crees, papá, que llegará a la cima de la montaña?

-Estoy seguro –contestó-. ¡Creo en él!

-No sabrá qué tan alto puede volar hasta que use sus alas. En sus ojos veo que ya entendió, que sólo su valor y sus alas lo llevarán hasta la cima de la montaña. Y que cuando aprenda a gozar de su vuelo, y entrenar sus alas, tendrá la fuerza para luchar contra los vientos y las corrientes en lo alto de las montañas.

Llegaron a la cima de una pequeña montaña. Al filo de un risco, el granjero tomó al aguilucho con delicadeza entre sus manos y le puso la cara frente al sol. Después, se escuchó como un mandato la voz fuerte del granjero que lleno de entusiasmo gritó:

-¡Cumple con tus destino! ¡Vuela, vuela!

Y con amor lo arrojó al vacío.

El aguilucho comprendió su momento; majestuoso y digno abrió sus bellas alas de luz y emprendió lentamente su vuelo hacia la cima de la montaña más alta. Iniciando su gran aventura, vivir comprometido con su existencia para dar amor.

¡Era su momento! ¡Ahora era una verdadera águila de luz! ¡Llenaría de amor al planeta!


Alfonso Lara Castilla



Enviado por Graciela E. Prepelitchi

 

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lunes, noviembre 06, 2006

Actuar/Obrar/Realizar.

Hay quienes se pasan la vida ideando proyectos que jamás realizan: imaginan grandes negocios, planean construir una casa, sueñan conquistar una mujer. Transcurridos los días, los meses y los años, no hicieron ni el negocio, ni la casa, ni el hogar; todo se les fue en soñar.

Es infinito el número de personas que proceden de la manera descrita: temen actuar, encuentran más cómodo y menos riesgoso soñar, dejan transcurrir su vida en forma inactiva, sin darse cuenta de que vivir es actuar y el no hacer equivale a permanecer en un estado letárgico, muy parecido a la muerte.

El saber hacer no es difícil; ponerlo en práctica es lo que pesa; pero escabroso o no, debes llevar a cabo lo que te propongas, sin temor al fracaso, pues si éste llega a sobrevivir, te fortalecerá.

Quien aspira a algo y trabaja para conseguirlo, tarde o temprano lo alcanza, sobre todo si pone en su consecución los cinco sentidos y su total esfuerzo, sin dejarse vencer por las circunstancias ni buscar pretextos para dejar de actuar.

Nada es imposible a los hombres que actúan, a condición de que su meta sea factible: los sueños desproporcionados, irreales, claro que son inalcanzables; pero las metas reales siempre se logran si nos lo proponemos.

Debemos actuar; accción es vida.


Octavio Colmenares V.



Enviado por Brenda Rodriguez

 

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jueves, noviembre 02, 2006

Cuenta

Cuenta tu jardín por las flores
No por las hojas caídas.

Cuenta tus días por las horas doradas,
Y olvida las penas habidas.

Cuenta tus noches por las estrellas,
No por las sombras.

Cuenta tu vida por las sonrisas,
No por lágrimas.

Y para tu gozo en esta vida,
Cuenta tu edad por amigos no por años.

Johann Paul Ricker


Enviado con cariño por :SILVANA

 

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