Pensamiento 16-10-14

by pensamientos on 16/10/2014

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Pensamientos

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Elévate por encima del infortunio…

Siempre habrá momentos difíciles y días complicados en nuestra vida.

Nos da la impresión de que ciertas cosas simplemente no estaban destinadas a pasar y que algunos proyectos simplemente no estaban destinados a funcionar.

Siempre enfrentaremos decepciones, pero también recibiremos muchas bendiciones especiales.

Todo lo que se nos pide es que nos elevemos por encima de nuestros infortunios.

Deja que la vida te muestre nuevas maneras de encarar viejos problemas.
Deja que te ofrezca nuevos descubrimientos. Deja que los días desplieguen ante ti nuevas posibilidades que hasta entonces desconocías, nuevos sueños que nunca soñaste, y que te regale las semillas de nuevas ideas que nunca antes sembraste.

Deja que la vida modere tus convicciones y te muestre todo lo que está oculto detrás de cada escena: la profunda paz del cambio de estaciones, la majestad de lo que significa tener y ser un amigo, la alegría que se descubre al comprender que nunca es tarde para volver a empezar.

Deja que la vida brinde abundancia a tu alma y a tu corazón.

Déjala cantar en ti y mostrarte cómo apuntar a las estrellas.

Deja que te ayude a alcanzar todo lo que deseas para ser todo lo que eres.

Se trata de una regla muy sencilla:
Cuanto más das, más recibes.
Y cuanto más lo hagas, más te gustará hacerlo.

Eres una persona maravillosa que merece tener una bella vida.

Y si alguna vez sobreviene la dificultad, sé que puedes elevarte por encima de ella.

¿Qué es necesario para el éxito total?
PASOS CORTOS Y POSITIVOS…

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Por qué escogí que mi padre fuera mi papá

Crecí en una hermosa y extensa granja en Iowa, criada por padres de esos a quienes con frecuencia se describe como la «sal de la tierra y la columna vertebral de la comunidad». Eran todas las cosas que sabemos que definen a los buenos padres: tiernos, entregados a la tarea de educar a sus hijos transmitiéndoles confianza y seguridad en ellos mismos. Esperaban que hiciéramos nuestras tareas de la mañana y de la tarde, que llegáramos a la escuela puntualmente, que sacáramos buenas notas y fuéramos personas honradas.

Somos seis hermanos. ¡Seis! Nunca pensé que tuviéramos que ser tantos, pero está claro que a mí nadie me consultó. Para colmo de males, el destino me dejó caer en pleno corazón de Norteamérica, en un clima que no podía ser más inhóspito y frío. Como todos los niños, también yo creía que se había producido una gran confusión universal y que conmigo se habían equivocado de familia… y además, con toda seguridad, de estado. Me enfermaba tener que enfrentarme con los elementos. Los inviernos en Iowa son tan gélidos, tan helados, que hay que hacer turnos para salir durante la noche a asegurarse de que las vacas y las ovejas no se hayan quedado en un lugar donde puedan morir congeladas. A los animales recién nacidos había que llevarlos al establo y, a veces, ocuparse de hacerlos entrar en calor para que no se nos murieran. ¡Así de fríos son los inviernos en Iowa!

Mi papá, un hombre increíblemente guapo, fuerte, carismático y enérgico, estaba siempre en acción. Mis hermanos y hermanas, como yo, sentíamos ante él un gran respeto. Lo honrábamos y le profesábamos la mayor estima. Ahora entiendo el porqué. En su vida no había incongruencias. Era un hombre honrado y de elevadísimos principios. El trabajo de la granja, que él mismo había escogido, era su pasión; y él, el mejor de los granjeros. Se encontraba en su elemento criando y ocupándose del ganado. Se sentía unido a la tierra y se enorgullecía de plantar y recoger las cosechas. Se negaba a cazar fuera de temporada, por más que ciervos, faisanes, codornices y otros animales silvestres abundaran pródigamente en nuestras tierras. Se negaba a incorporar abonos artificiales al suelo o a alimentar a los animales con otra cosa que no fuera forraje y grano. Nos enseñaba por qué actuaba de esa manera y por qué nosotros debíamos abrazar los mismos ideales. Hoy puedo darme cuenta de lo escrupuloso que era, porque todo aquello sucedía a mediados de los años cincuenta, antes de que se soñara siquiera con un compromiso universal tendente a la preservación del equilibrio ambiental en toda la tierra.

Papá era también un hombre muy impaciente, pero no en mitad de la noche, cuando estaba haciendo el recuento de los animales durante su última ronda nocturna. La relación que surgió entre nosotros a partir de todas aquellas situaciones compartidas fue simplemente inolvidable, y constituyó en mi vida una influencia compulsiva, tanto fue lo que llegué a saber de él. Con frecuencia oigo comentar a hombres y mujeres el poco tiempo que solían pasar con su padre. De hecho, todavía hoy, al estar con un grupo de hombres, uno siente que siguen buscando a tientas un padre a quien nunca conocieron. Yo sí conocí al mío.

Por entonces tenía la sensación de ser, secretamente, su hija favorita, aunque es muy posible que cada uno de los seis hermanos haya sentido lo mismo. Ahora bien, aquello tenía su lado bueno y su lado malo. El lado malo fue que papá me eligió a mí para que lo acompañara en aquellos controles de los establos, de noche y de madrugada, pese a que yo detestaba tener que levantarme y dejar la cama calentita para salir al aire helado de la madrugada.

Pero en aquellas ocasiones era cuando papá se mostraba mejor y más cariñoso.

Era enormemente comprensivo, paciente, tierno y, además, sabía escuchar. Su voz era suave y cuando lo veía sonreír entendía la pasión que mi madre sentía por él.

Fue durante aquella época cuando para mí se constituyó en el maestro modelo, concentrado siempre en los porqués, en las razones para seguir adelante. Hablaba interminablemente durante la hora u hora y cuarto que duraba nuestro paseo nocturno: de sus experiencias en la guerra, de los porqués de la guerra en que él había servido, dentro y fuera de la región, de la gente, de los efectos de la guerra y de sus secuelas. Una y otra vez volvía sobre el relato y a mí, en la escuela, la asignatura de historia se me hacía tanto más interesante y familiar.

Papá nos hablaba de lo que había sacado de positivo en sus viajes y de por qué era tan importante salir a ver mundo. Me inculcó la necesidad y el amor a los viajes. Cuando tuve treinta años, yo ya había visitado, fuera por trabajo o por placer, cerca de treinta países.

Él me hablaba de la necesidad y el amor del aprendizaje, y del porqué una educación formal es importante, e insistía también en la diferencia entre inteligencia y sabiduría. Deseaba ardientemente que yo no me limitara a terminar la escuela secundaria.

—Tú puedes hacerlo —me repetía—. Eres una Burres. Eres inteligente, tienes buena cabeza, y recuérdalo, eres una Burres.

No había manera de que pudiera decepcionarle. Tenía confianza de sobra para acometer cualquier carrera. Finalmente me doctoré, primero en filosofía y luego obtuve un segundo doctorado. Aunque el primero era para papá y el segundo para mí, hubo decididamente un sentimiento de curiosidad y de búsqueda que me facilitó la consecución de ambos.

Él me hablaba de normas y de valores, del desarrollo del carácter y de lo que esto significa en el curso de una vida. Yo escribo y enseño sobre un tema similar. Él hablaba de cómo tomar y evaluar decisiones, de saber cuándo hay que acabar con las pérdidas e irse y cuándo es preciso aferrarse a las decisiones tomadas, incluso frente a la adversidad. Hablaba de conceptos como ser y llegar a ser, y no solamente de tener y conseguir, y yo sigo usando esa frase. Nunca traiciones a tu corazón, decía. Hablaba de instintos viscerales y de cómo diferenciarlos para no venderse emocionalmente; también de cómo evitar que los demás le engañen a uno.

—Escucha siempre a tus instintos —decía—, y no olvides nunca que todas las respuestas que puedas necesitar están dentro de ti. Tómate tiempo para la soledad y el silencio. Mantente en silencio hasta que llegues a encontrar las respuestas dentro de ti y entonces escúchalas. Encuentra algo que te guste hacer y lleva una vida que lo demuestre. Tus objetivos deben provenir de tus valores y entonces tu trabajo irradiará el deseo de tu corazón. Esto te apartará de todas las distracciones tontas, que sólo servirán para hacerte perder el tiempo —y la vida no es más que tiempo—, para perder de vista cuánto puedes crecer en los años que te sean dados. Preocúpate de la gente —me decía—, y respeta siempre a la madre tierra. No importa dónde vivas, asegúrate de tener una visión plena de los árboles, el cielo y la tierra.

Mi padre. Cuando reflexiono sobre la forma en que amaba y valoraba a sus hijos, siento verdadera pena por los jóvenes que nunca conocerán de esta manera a sus padres ni sentirán jamás el poder del carácter, la ética, el empuje y la sensibilidad, todo ello reunido en una sola persona… como a mí me pasa, ya que mi padre era el vivo modelo de lo que predicaba. Yo sabía que él creía en mí y que quería que yo misma reconociera mi propio valor.

El mensaje de papá tenía sentido para mí porque jamás vi conflicto alguno con la forma en que él vivía su vida. Había pensado en su vida y la vivió día a día. Con el tiempo, fue comprando varias granjas (y hoy sigue siendo tan activo como entonces). Se casó y durante toda la vida amó a la misma mujer. Mi madre y él, que llevan ya cincuenta años juntos, siguen comportándose como dos enamorados inseparables. Son los mayores amantes que he conocido jamás.

De igual manera amaba a su familia. Yo lo consideraba excesivamente posesivo y sobreprotector con sus hijos, pero ahora que soy madre puedo entender esas necesidades y verlas tal como son. Aunque él pensara que podía salvarnos del sarampión, y casi lo consiguió, se negó vehementemente a perdernos a causa de vicios destructivos. También entiendo ahora la firmeza de su determinación para conseguir que fuéramos adultos atentos y responsables.

Hasta el día de hoy, cinco de sus hijos residen a pocos kilómetros de él, y han optado por una versión de su estilo de vida. Son todos cónyuges y padres dedicados y la profesión que han elegido es la agricultura. Son, sin lugar a dudas, la espina dorsal de su comunidad. Hay algo peculiar en todo esto y sospecho que se debe a que me llevara a mí como acompañante en aquellas rondas de medianoche. Yo me orienté en una dirección diferente de la que tomaron mis otros cinco hermanos. Empecé mi carrera como educadora, asesora y profesora universitaria, terminé escribiendo varios libros para padres e hijos, con el fin de compartir lo que ya desde los primeros años había aprendido sobre la importancia del desarrollo de la autoestima. Los mensajes que escribí para mi hija son, aunque un poco modificados, los mismos valores que aprendí de mi padre, atemperados, como es natural, por mis propias experiencias vitales. Y siguen pasando a las nuevas generaciones.

También debería contaros algo de mi hija, una sana muchacha de casi un metro ochenta, que todos los años se matricula en tres deportes, a quien le preocupa la diferencia entre un sobresaliente y un notable, y que quedó finalista en la lucha por el título Miss California Teen. Pero no son sus dones y logros externos los que hacen que me recuerde a mis padres. La gente siempre me dice que mi hija está dotada de una gran bondad, una espiritualidad y un fuego interior muy especiales y profundos, que irradian manifiestamente de ella. La esencia de mis padres se ha encarnado en su nieta.

La actitud de amor por sus hijos y el hecho de haber sido padres dedicados ha tenido también un efecto sumamente enriquecedor y estimulante sobre la vida de mis padres. Mientras escribo esto mi padre está en la clínica Mayo de Rochester, sometiéndose a un chequeo que, según dicen los médicos, llevará entre seis y ocho días. Estamos en diciembre y, dado el rigor del invierno, tomó una habitación en un hotel próximo a la clínica a la que acude como paciente externo. A causa de sus obligaciones domésticas, mi madre sólo pudo acompañarlo durante los primeros días, de modo que la víspera de Navidad ya no estuvieron juntos.

La Nochebuena telefoneé a papá a Rochester para desearle una feliz Navidad. Por su voz, me pareció deprimido y desanimado. Al llamar a mi madre, que estaba en Iowa, también la encontré triste y malhumorada.

—Es la primera vez en la vida que tu padre y yo no pasamos juntos estas fiestas —se lamentó—, y sin él ni siquiera siento que hoy sea Navidad.

Yo tenía catorce invitados a cenar, dispuestos a pasar una velada festiva.

Volví a la cocina, pero como no podía sacarme de la cabeza el problema de mis padres, llamé por teléfono a mi hermana mayor, quien a su vez llamó a mis hermanos. Una vez decidido que no era bueno que nuestros padres estuvieran separados en Nochebuena y que mi hermano menor iría con el coche a Rochester para traer a mi padre, sin decírselo a mi madre, lo llamé para comunicarle nuestros planes.

—Oh, no —protestó—, es demasiado peligroso salir una noche como ésta.

Mi hermano llegó a Rochester y me telefoneó desde la habitación del hotel para decirme que papá no quería venir.

—Tienes que decírselo tú, Bobbie. Eres la única a quien hará caso.

—Ve, papá. Adelante —le dije con suavidad, y aceptó.

Tim y papá salieron para Iowa. Los demás hijos fuimos llevando la pista de todo el viaje, con información del tiempo incluida, hablando con ellos por el teléfono del coche de mi hermano. En ese punto ya habían llegado mis invitados y todos participaron de la aventura. Cada vez que sonaba el teléfono, conectaba el altavoz para que todos pudieran oír las últimas noticias. Acababan de dar las nueve cuando sonó el teléfono; era papá que llamaba desde el coche.

—Bobbie, ¿cómo puedo llegar a casa sin llevarle un regalo a tu madre? ¡En casi cincuenta años, sería la primera vez que llegaría a casa en Navidad sin su perfume favorito!

Todos mis invitados estaban participando del viaje. Llamamos a mi hermana para que nos diera los nombres de los centros comerciales más próximos donde pudieran detenerse para comprar el único regalo que mi padre podía concebir hacerle a mamá: la misma marca de perfume que ha venido obsequiándole cada Navidad durante todos estos años.

A las 9:52 de esa noche mi hermano y mi padre salieron de un pequeño centro comercial en Minnesota y siguieron viaje a casa. A las 11:50 entraban con el coche en la granja. Mi padre, como un escolar muerto de risa, se ocultó tras un ángulo de la casa para que mamá no lo descubriera.

—Mamá, hoy he ido a visitar a papá y me ha dicho que te traiga esto para lavar —dijo mi hermano mientras entregaba las maletas a mi madre.

—Oh —suspiró ella con tristeza—, lo echo tanto de menos que en realidad podría ponerme a hacerlo ahora.

—No tendrás tiempo para hacerlo esta noche —dijo mi padre, saliendo de su escondite.

Después de que mi hermano me llamara para relatarme esta conmovedora escena, telefoneé a mi madre.

—¡Feliz Navidad, mamá!

—Ay, niños… —intentó decir ella con voz quebrada, tratando de contener las lágrimas, pero no pudo continuar. Mis invitados prorrumpieron en hurras.

Aunque yo estuviera a tres mil kilómetros de ellos, ésa fue una de las Navidades más especiales que he compartido con mis padres. Y por cierto que hasta el día de hoy mis padres no han estado jamás separados en Nochebuena.

Tal es la fuerza de los hijos que aman y honran a sus padres y, por cierto, del maravilloso matrimonio hecho de amor y entrega que mis padres comparten.

—Los buenos padres —me comentó una vez Jonás Salk—, dan raíces y alas a sus hijos. Raíces para saber dónde está su hogar, y alas para volar lejos de él y ejercitar lo que ellos les han enseñado.

Si el legado de los padres es que los hijos alcancen la capacidad de llevar una vida con sentido, contar con un nido seguro y ser bienvenidos a él, entonces creo que yo he escogido bien a mis padres. Fue en esta última Navidad cuando mejor entendí por qué era necesario que estas dos personas fueran mis padres. Aunque las alas que ellos me dieron me han llevado por todo el mundo, para finalmente terminar en la hermosa California, las raíces que de ellos recibí serán, siempre, un cimiento de inconmovible solidez.

Bettie B. Youngs

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Pensamiento 23-09-14

by pensamientos on 23/09/2014

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EL AMOR Y LA PASIÓN

Había una princesa que estaba locamente enamorada de un capitán de su guardia y, aunque sólo tenía 17 años, no tenía ningún otro deseo que casarse con él, aún a costa de lo que pudiera perder.

Su padre que tenía fama de sabio no cesaba de decirle:
–    No estás preparada para recorrer el camino del amor. El amor es renuncia y así como regala, crucifica. Todavía eres muy joven y a veces caprichosa, si buscas en el amor sólo la paz y el placer, no es este el momento de casarte.
–    Pero, padre, ¡Sería tan feliz junto a él!, que no me separaría ni un solo instante de su lado. Compartiríamos hasta el más profundo de nuestros sueños.

Entonces el rey reflexionó y se dijo:
–    Las prohibiciones hacen crecer el deseo y si le prohíbo que se encuentre con su amado, su deseo por él crecerá desesperado. Además los sabios dicen: “Cuando el amor os llegue, seguidlo, aunque sus senderos son arduos y penosos”.

De modo que al fin le dijo a su hija:
–    Hija mía, voy a someter a prueba tu amor por ese joven. Vas a ser encerrada con él cuarenta días y cuarenta noches. Si al final siguen queriéndose casar es que estás preparada y entonces tendrás mi consentimiento.

La princesa, loca de alegría, aceptó la prueba y abrazó a su padre. Todo marchó perfectamente los primeros días, pero tras la excitación y la euforia no tardó en presentarse la rutina y el aburrimiento. Lo que al principio era música celestial para la princesa se fue tornando ruido y así comenzó a vivir un extraño vaivén entre el dolor y el placer, la alegría y la tristeza. Así, antes de que pasaran dos semanas ya estaba suspirando por otro tipo de compañía, llegando a repudiar todo lo dijera o hiciese su amante.

A las tres semanas estaba harta de aquel hombre que chillaba y aporreaba la puerta de su recinto. Cuando al fin pudo salir de allí, se echó en brazos de su padre agradecida de haberle librado de aquel a quién había llegado a aborrecer.  Al tiempo, cuando la princesa recobró la serenidad perdida, le dijo a su padre:
–    Padre, háblame del matrimonio.

Y su padre, el rey, le dijo:
–    Escucha lo que dicen los poetas de nuestro reino:

“Dejad que en vuestra unión crezcan los espacios.  Amaos el uno al otro, más no hagáis del amor una prisión.  Llenaos mutuamente las copas, pero no bebáis de la misma.  Compartid vuestro pan, más no comáis del mismo trozo.  Y permaneced juntos, más no demasiados juntos, pues ni el roble ni el ciprés, crecen uno a la sombra del otro”.

Autor Desconocido

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Pensamientos: La más dulce de las necesidades

Por lo menos una vez al día nuestro viejo gato negro se acerca a alguno de nosotros de una manera que todos hemos llegado a reconocer como especial.

No significa que quiera que le den de comer ni que lo dejen salir, ni nada por el estilo. Lo que necesita es algo muy diferente.

Si tiene un regazo a mano, se sube a él de un salto; si no, lo más probable es que se quede ahí, con aire nostálgico, hasta que vea que hay uno preparado.

Una vez acomodado en él, empieza a ronronear antes incluso de que uno le acaricie el lomo, le rasque bajo el mentón y le diga una y otra vez que es un gato estupendo. Después, con su «motor» acelerado al máximo, se acomoda hasta encontrar la posición que le gusta y se instala. De vez en cuando, su ronroneo se descontrola y se convierte en ronquido; entonces te mira con los ojos abiertos de adoración y te dedica ese prolongado ir cerrando los ojos que es la muestra final de la confianza de un gato.

Al cabo de un rato, poquito a poco, se va quedando quieto. Si siente que todo va bien, puede ser que se quede en el regazo para echarse una cómoda siestecita. Pero es igualmente probable que vuelva a bajar de un salto y se vaya a atender sus cosas. Sea como fuere, la razón la tiene él.

—Blackie quiere que lo «ronroneen» —dice simplemente nuestra hija.

En casa no es el único que tiene esa necesidad: yo la comparto y mi mujer también. Sabemos que no es una necesidad exclusiva de ningún grupo de edad, pero aun así, como yo no sólo soy padre, sino además profesor, la asocio especialmente con los chicos, con su necesidad rápida e impulsiva de un abrazo, de un regazo acogedor, de una mano amiga, de una manta cálida, no porque nada les falte, no porque sea necesario, sino simplemente porque ellos son así.

Hay un montón de cosas que me gustaría hacer por todos los niños y, si sólo pudiera hacer una, sería ésta: asegurar a cada niño que, esté donde esté, tendrá por lo menos un buen ronroneo cada día.

Porque los niños, como los gatos, necesitan su tiempo de ronroneo.

Fred T. Wilhelms

 

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Pensamiento 07-09-14

by pensamientos on 08/09/2014

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Pensamientos

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Existen dos clases de personas en la vida  

Los que pasan la vida soñando
y los que dan vida a sus sueños.

Los que sueñan con logros
y los que logran sus sueños.

Los que siguen las huellas
y los que las dejaron.

Los que ven para poder creer
y los que creen antes de ver.

Los que te pisan al subir
y los que suben a ayudar.

Los que te dan confianza
y los que te la quitan.

Los que dan sin pedir a cambio
y los que te piden el cambio.

Los que escogen una de dos
y los que toman las dos.

Los que se asoman por la ventana
y los que se salen por ella.

Los que nacen, se reproducen y mueren
y los que nacen, producen y nunca mueren…

(Desconozco el autor)

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